Cinco meses es lo que he aguantado en el trabajo que se entreveía como una increíble oportunidad. Aún recuerdo la sensación que tenía cuando escribí esta entrada del blog. El nuevo trabajo era como la culminación de un año 2007 estupendo: nuevos proyectos, dinamismo y nuevas tecnologías, una área de negocio afín a mis hobbies…
Cuando dejé el lugar donde había estado durante dos años me entró cierta ñoña. Cierto era que los proyectos estaban algo parados y no veía en ese momento grandes retos, e incluso me había acomodado un poco, pero el equipo humano en toda la empresa era excepcional. Pero aposté por la nueva oportunidad. Y por desgracia fallé en esta apuesta.En 8 años de vida laboral he encontrado gente más y menos afín: desde aquellos con los que me iría de copas, que montaría un viajecillo o que nos invitaríamos en los cumpleaños, y también gente con la que no habré tenido esa afinidad por la forma de ser, pero en el trabajo siempre ha habido profesionalidad y relación cordial. Enganchadas? Varias… eso es inevitable, si hasta las tenemos con las personas que más queremos!
Pero por primera vez en la vida he trabajado en un departamento donde unos pocos se creían con la posesión de la razón y sin opción a la discusión, donde la reacción a cualquier iniciativa podía llevar al menosprecio sistemático. Algo así como una oligarquía basada en la antigüedad en la empresa, en la posesión de una carrera superior o en el conocimiento de un maldito comando de Unix.
Como en realidad se trataba de unos pocos, uno se aferra en lo bueno, que en este caso era mucho, realmente el polo opuesto, integrado por la otra mitad de compañeros del departamento de los que he aprendido un montón de todos y cada uno de ellos. Auténticos profesionales a nivel técnico y humano, y es que un buen trabajador no es solo aquel que sabe mucho de lo suyo sino el que se porta como un ser humano, tratando a los demás con respeto, confianza y ante todo cordialidad.
Pero por desgracia he entendido porque la gente que llega a hundirse en situaciones así… aunque unas personas te hagan sentir genial, cala hondo que una minoría ponga en duda tu capacidad o conocimientos de forma sistemática, generando malos entendidos constantemente que te hacen plantear si eres un paranoico o si realmente no eran tales malos entendidos. Caras buenas y conversaciones dulces por delante y puñaladas por detrás, gente con la que no has tenido trato directo que te ignora y que sabes que son sus amiguitos y los ves cuchichear y callar cuando te acercas… actitudes de parvulario y de instituto, del te junto y el no te junto, que por desgracia terminan realmente por hacerte dudar de ti mismo. La voz de la confianza que te dice ‘que no te afecte, estás haciendo lo correcto’ habla cada vez más flojo y escuchas voces nuevas que te dicen ‘realmente es así? quizás eres un jodido cabrón’. Podría contar muchas historias de como se fue cociendo algo así día tras día, realmente no te das cuenta de en que punto estás hasta que ya estás realmente metido. Sin darte cuenta pasas de 65Kg a 58Kg y duermes más de una noche con dos valerianas.
Finalmente he salido de ahí. No puedo decir contento pues siento que he perdido la oportunidad de conocer una serie de proyectos muy interesantes, pero ciertamente muy aliviado. Lamento sobretodo no seguir trabajando con esa alma gemela que dejo ahí, así como ese mini-departamento integrado por los más grandes, así como con tantas otras personas que esa empresa tiene la suerte de tener ahí.
Esta tres semanas fuera de esa empresa han sido raras. Una vez eliminada la tensión, entré en un cierto bajón, alternando entre días o momentos de alegría y buen ánimo rozando el éxtasis con momentos grises de bajón y desánimo, todo eso aliñado con sensaciones de desconfianza, mayor sensibilidad a las frases y a lo que se dice, mal humor hacia las personas que más quiero, y hasta lloreras espontáneas y cortas… Por suerte me siento ahora fuera del pozo (o casi fuera) y vuelvo a ser casi el mismo de siempre… quizás un poco más gruñón y sensible, pero se me pasará pronto…